En su casa, en 27 de abril a 17 kilómetros de la ciudad folclórica, quedaba su "viejita" llorando y "suplicándole" que no montara a ese toro, porque se lo podía matar.
Días atrás, el amor de su vida, lo había abandonado cuando se entero que "iba por El Malacrianza", ya que tienen una niña de escasos 18 meses de nacida, pero, la decisión ya estaba tomada y nada ni nadie haría que desistiera de montarlo, pues "tengo rato esperando por el y probar de una vez por todas quien es el mejor".
En la pequeña comunidad de la Esperanza Sur de Nosara a 45 kilómetros de la ciudad colonial, la noche era mágica, esplendorosa, una brisa suave bajaba desde la montaña y se perdía en la inme
nsidad del océano Pacífico.
A las 8:54 p.m., espíritu guanacasteco de unas dos mil personas, que llegaron desde todos los rincones de la pampa, vibro, cuando la fiera "cayó" a la manga de salida, quebrando las varas de seguridad, intentando saltar sobre el portón de más de dos metros de alto.
Durante 15 minutos, el toro hizo honor a su nombro, inquieto, nervioso, bravo, donde los alistadores lucharon por colocarle los "chupones" protectores en sus enormes cachos y el pretal de cabuya corrido a dos vueltas.
Sentado sobre el toro, Rosales pidió "un poquito de agua" el cual apuro con ansiedad, quizás, para bajar el nudo que tenia en la garganta, recordando cuando en la puerta de la casa, su "viejita" le dio la bendición y le dijo: "Dios me lo traiga vivo" , inmediatamente dejo caer las espuelas y grito "puerta".
Fueron seis segundos de fuerza descomunal, donde El Malacrianza descargo toda la furia acumulada durante 16 meses de retiro. Pegado como un mazate al cuero del animal, Rosales resistía la fuerza de sus brincos, hasta que, como aspas de molino, sus enormes cachos impactaron en el rostro, en el hombro y en las costillas. El Malacrianza esta de vuelta.